viernes, 14 de marzo de 2014

Cómo un vendaval

Estamos de acuerdo en una cosa: cuando se le erizaba la piel, era buen augurio. Le corría por el cuerpo esa sensación única, que a todo el mundo le debe gustar sentir. Sentía como algo que la inundaba por dentro, así, de repente, como un vendaval. Más que nada, como una nube pasajera. Así como llegaba, se iba, en milésimas de segundos. Pero a ella le quedaba esa sensación de paz, de tranquilidad, que le hacía esbozar una sonrisa sin necesidad de forzarla.
Solía llegarle con el frío, sí. Cuando sentía frío, se le erizaba la piel. Pero en seguida se encontraba con esa persona que abría los brazos y la abrazaba, así, de repente, como un vendaval. Sin necesidad de abrir la boca y largar alguna palabra... ella sabía que los abrazos valían mucho más. Y ahí está, de nuevo, esa sonrisa pícara, que le demostraba a todo el mundo que había sentido esa sensación única al menos por una milésima de segundo.
La música, su música. También lo lograba. Una melodía triste, o una alegre (por qué no) que le trajera algún recuerdo, quizás algún abrazo de algún invierno cuando sentía frío. O algún beso que había dejado en alguna esquina, o en alguna cama... y ahí estaba, de nuevo. Esa sensación que le hacía poner los pelos de punta, que llegaba, así, de repente, como un vendaval. Y no, por favor, no dejemos aparte sus recuerdos. Ya sean alegres o tristes. Siempre estaban, ahí, con ella. Siempre la perseguían. Siempre había algo que recordaba día a día, y que le hacía sentir esa sensación tan hermosa, al menos por una milésima de segundo. Y seguramente esbozaba aquella sonrisa tierna, nostálgica. Seguramente la recorría un escalofrío por todo su cuerpo... así, de repente, como un vendaval.
Pero (siempre hay un pero, y esta no es la excepción), no sólo se le erizaba la piel cuando sentía frío, cuando escuchaba su música o cuando recordaba algo, triste o alegre. También se le ponían los pelos de punta cuando lloraba. Esperaba no ser la única... o quizás sí, porque seguramente sería una buena anécdota saber que sólo a ella la recorría una sensación única, que suele significar buen augurio, cuando estaba mal.
Por supuesto que no sólo lloraba de tristeza, pero ella en el fondo sabía que sus lágrimas eran esas palabras que se callaba, que buscaban salir, y de alguna manera lo lograban. Y generalmente aquellas palabras no eran esas que te erizan la piel. Y lo más raro del caso, es que esos pelos de punta le duraban, como a cualquier persona, milésimas de segundo. Y ahí estaba, de nuevo. Llegaba así, de repente, como un vendaval... y se iba. Pero sus lágrimas no. Duraban, quizás, días, quizás horas... quizás meses. Nunca sabía cuando iba a para de llover, cuando se iba a ir ese vendaval, cuando iba a escampar.


Adentro suyo, esa sensación tan hermosa que aparecía cuando lloraba, duraba segundos, milésimas de segundos, como a todas las personas del mundo. Pero ella sabía, más adentro aún, que esa sensación que la inundaba por completo y llegaba como un vendaval, como una nube pasajera, era más bien una tormenta, que no cesaba nunca. Nunca paraba de llover, o al menos nunca lograba saber cuando pasaría. Siempre se levantaba, y se volvía a caer. Y cuando caía, se le erizaba la piel. En el peor momento, en ese momento que sólo le quedaba llorar, decir con lágrimas lo que había callado, gritarlo... a su manera. Y esa sensación volvía, y se iba... así, de repente... como un vendaval. 
                                                                                                                                   FJP

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