Estamos de acuerdo en una cosa: cuando
se le erizaba la piel, era buen augurio. Le corría por el cuerpo esa
sensación única, que a todo el mundo le debe gustar sentir. Sentía
como algo que la inundaba por dentro, así, de repente, como un
vendaval. Más que nada, como una nube pasajera. Así como llegaba,
se iba, en milésimas de segundos. Pero a ella le quedaba esa
sensación de paz, de tranquilidad, que le hacía esbozar una sonrisa
sin necesidad de forzarla.
Solía llegarle con el frío, sí.
Cuando sentía frío, se le erizaba la piel. Pero en seguida se
encontraba con esa persona que abría los brazos y la abrazaba, así,
de repente, como un vendaval. Sin necesidad de abrir la boca y largar
alguna palabra... ella sabía que los abrazos valían mucho más. Y
ahí está, de nuevo, esa sonrisa pícara, que le demostraba a todo
el mundo que había sentido esa sensación única al menos por una
milésima de segundo.
La música, su música. También lo
lograba. Una melodía triste, o una alegre (por qué no) que le
trajera algún recuerdo, quizás algún abrazo de algún invierno
cuando sentía frío. O algún beso que había dejado en alguna
esquina, o en alguna cama... y ahí estaba, de nuevo. Esa sensación que le
hacía poner los pelos de punta, que llegaba, así, de repente, como
un vendaval. Y no, por favor, no dejemos aparte sus recuerdos. Ya
sean alegres o tristes. Siempre estaban, ahí, con ella. Siempre la
perseguían. Siempre había algo que recordaba día a día, y que le
hacía sentir esa sensación tan hermosa, al menos por una milésima
de segundo. Y seguramente esbozaba aquella sonrisa tierna,
nostálgica. Seguramente la recorría un escalofrío por todo su
cuerpo... así, de repente, como un vendaval.
Pero (siempre hay un pero, y esta no es
la excepción), no sólo se le erizaba la piel cuando sentía frío,
cuando escuchaba su música o cuando recordaba algo, triste o alegre.
También se le ponían los pelos de punta cuando lloraba. Esperaba no
ser la única... o quizás sí, porque seguramente sería una buena
anécdota saber que sólo a ella la recorría una sensación única,
que suele significar buen augurio, cuando estaba mal.
Por supuesto que no sólo lloraba de
tristeza, pero ella en el fondo sabía que sus lágrimas eran esas
palabras que se callaba, que buscaban salir, y de alguna manera lo
lograban. Y generalmente aquellas palabras no eran esas que te erizan
la piel. Y lo más raro del caso, es que esos pelos de punta le
duraban, como a cualquier persona, milésimas de segundo. Y ahí
estaba, de nuevo. Llegaba así, de repente, como un vendaval... y se
iba. Pero sus lágrimas no. Duraban, quizás, días, quizás horas...
quizás meses. Nunca sabía cuando iba a para de llover, cuando se
iba a ir ese vendaval, cuando iba a escampar.
Adentro suyo, esa sensación tan
hermosa que aparecía cuando lloraba, duraba segundos, milésimas de
segundos, como a todas las personas del mundo. Pero ella sabía, más
adentro aún, que esa sensación que la inundaba por completo y
llegaba como un vendaval, como una nube pasajera, era más bien una
tormenta, que no cesaba nunca. Nunca paraba de llover, o al menos
nunca lograba saber cuando pasaría. Siempre se levantaba, y se
volvía a caer. Y cuando caía, se le erizaba la piel. En el peor
momento, en ese momento que sólo le quedaba llorar, decir con
lágrimas lo que había callado, gritarlo... a su manera. Y esa
sensación volvía, y se iba... así, de repente... como un vendaval.
FJP
FJP
No hay comentarios:
Publicar un comentario